Hna. Costanza Caldara

Mi óptima Costanza,
la puerta está abierta desde hoy…

No le debe haber sucedido a muchas el escucharse decir estas palabras de Daniel Comboni en persona, pero a Costanza Caldara le sucedió así. Incluso se lo encontró delante, como portero de excepción, el día en que – 9 de septiembre de 1880– pudo por fin presentarse en Verona para comenzar su noviciado.

El Fundador, en aquellos días, estaba terminando los preparativos de su último viaje para África. Caterina Chincarini, que se encontraba en El Cairo cuando él llegó, contó más tarde que les había traído una buena noticia: “Estad alegres, porque ha entrado una joven de nombre Costanza, la cuan dirigirá la Congregación por muchos años”. De hecho fueron muchos. Elegida superiora general en el 1901, Costanza permaneció en el cargo hasta 1931. Justo el tiempo de ver crecer y convertirse en árbol la semilla que el  Padre había plantado “entre abrojos y espinas”.

Delgada, y de grácil apariencia, Costanza, en cambio, se reveló bien pronto de la misma fibra del Fundador. Aunque si no había podido alcanzar ir a África con él, recibió el Plan de sus mismas manos, y había escuchado repetir a las Hermanas el juramento pronunciado la trágica noche del 10 de octubre. Sabía, -ya que se encontraba en El Cairo cuando llegaron los refugiados de Sudan- cuales eran los proyectos del Padre en el momento en la Hermana Muerte le había dicho “basta”,  Basta para él, pero no para la obra de la regeneración de África. Por esto Daniel había luchado tanto para tener continuadores y continuadoras. Se trataba solo de esperar a que pasase la tormenta. Inmediatamente después, también “sus” religiosas se pondrían en camino.

Dado que se encontraba en Egipto al final de la revolución sudanesa, Costanza había podido acompañar personalmente los preparativos para el regreso a Jartum, en el otoño de 1900. Dos años después, el 7 de octubre de  1902, como nueva superiora general, dejaba ya  la Casa Madre para ir a África, visitar las comunidades femeninas, y ver personalmente las posibilidades de nuevas fundaciones. Sobre todo, entendía hacer llegar las misioneras combonianas allí, donde el Padre las quería.

Pero el programa de Costanza, no era solamente avanzar, sino permanecer, mantener las posiciones, defender el “derecho de estar” de la mujer Apóstol en la Iglesia: para ir, anunciar y testimoniar el Evangelio de mujer a mujer.

Los números y el mapa le daban la razón. Mientras que por un lado, las misioneras combonianas superaban las fronteras y llegaban a Eritrea (1914); Uganda (1918); Bahr el Gazal (1919); Francia (1925); Bahr el Gebel (1927); Sudan-Ecuatorial (1929); por otro, un flujo constante cada vez más numeroso de jóvenes, pedía entrar. En el 1931, las 8 comunidades del principio de su mandato se habían convertido en 49; le hermanas 470 y las novicias 130. Son cifras que hablan.

Podía morir en paz. Aquella puerta que el Padre había abierto de par en par para ella, continuaba abierta.

Nuevas generaciones podrían entrar en el  cenáculo y quedarse para la necesaria preparación. Y luego partir, abiertas al Espíritu y a los signos de los tiempos, por los caminos de la Misión…