Hna. Elisabetta Venturini

Elisabetta Venturini:
última superviviente de la Mahdia y una de nuestras primeras mártires

Durante el cautiverio, “la que sufrió más que ninguna, creo que fue Sor Venturini”…
(Teresa Grigolini).

Hace sesenta y nueve años, el 22 de julio, moría en Jartum la última superviviente – comboniana – de la insurrección islámica que había derramado tanta sangre y provocado tanto sufrimiento, en Sudan, del 1881 al 1898. “El día de su muerte – podía leerse en el nº 5 de Raggio de aquel 1937 – el Gobierno de Sudan notificó a Inglaterra la desaparición de la última figura del tiempo del general Gordon. Desde Londres por radio, era transmitida en varios idiomas la funesta noticia”.

En realidad, más que “funesta”, era una “bella” noticia, porque también Bettina – come cariñosamente era llamada – podía, por fin, reunirse con sus compañeras que la había precedido, para gozar con ellas esa Paz que ninguna guerra podría nunca turbar. Como si ella misma lo hubiese presentido, la tarde anterior a su agonía “terminó con una alegre recreación, durante la cual Sor Bettina cantó algunos versos de canciones cantadas con  Monseñor Comboni durante el trayecto, a camello,  cuando fue a Sudan. Cosa inusual para Bettina el cantar”, comentaba al llegar a este punto, la autora de la Crónica, y tenía razón. En efecto, después de todo lo que había sucedido, no era fácil ver a Bettina sonreír. “No la he visto nunca ni reír ni sonreír; – recordaba una Hermana que la había conocido después del cautiverio – daba la impresión de una persona siempre sumergida en su pasado. Alguna rara vez salía con alguna cosa de aquellos tiempos de dolor, pero luego truncaba y terminaba por decir: dejémoslo estar”.

Todo había comenzado, para Bettina y sus Hermanas,  cuando la ciudad de El-Obeid se había visto obligada a rendirse por hambre al asedio del Mahdi, joven y presunto “profeta” musulmán que en el 1881 se había proclamado el “bien guiado” de Alá para liberar a Sudan de la dominación extranjera, y devolver al mundo musulmán la antigua pureza de la fe y del culto.  Hechas prisioneras e incitadas muchas veces –con halagos, amenazas y violencia- a abrazar la fe islámica, las jóvenes misioneras habían resistido con todas sus fuerzas. El día en que se decidió separarlas para romper su increíble resistencia,  Bettina había sido “confiada” – como ella misma escribe en las Memorias – “Al Califa Ali Dinar, uno de los más feroces”.

Ya que el campamento del Mahdi se desplazó de El-Obeid para ir a atacar a Jartum, partió también el Califa con todo su séquito y sus mujeres esclavas. 
“Entre estas – anotaba Bettina en una de sus páginas más significativas – estaba también Sor Venturini, naturalmente como esclava, se entiende caminando… Llegados a Rahah – primera etapa del viaje – la interrogaron de nuevo… Ante su no absoluto, más furiosos que antes, inventaron otro tipo de tormentos… o sea: le pegaron con el látigo en la planta de los pies por varios días seguidos, en modo de hacerle caer todas las uñas de los pies. Y como ya no podía caminar, la dejaron tirada detrás de su casa como a un animal, en el suelo y sin nada. Y al final, cansados de tenerla allí sin que se rindiese, una mañana temprano le pusieron una gruesa cuerda al cuello y luego la arrastraban de aquí para allá con una multitud de gente detrás para ver si podían vencerla… Y viendo que todo era inútil, cada vez más furiosos para terminar, la amarraron con las manos detrás de la espalda al tronco de un árbol, azotándola sin medida desde la mañana hasta medio día, hasta que no daba ya señales de vida”…

Como Bettina haya podido sobrevivir a semejantes torturas, permanece un misterio. Importante – para ella como para las demás Hermanas protagonistas de esta página extraordinaria de nuestra historia, es el haber testimoniado así, hasta el fondo, la fidelidad a la causa misionera; contribuyendo en medida excepcional a preparar con lágrimas y sangre, un sueño fecundo para la naciente Iglesia de Sudan