Hna. Francesca Dalmasso

Aquella sotana blanca, manchada de sangre…

“Así después de 19 años de la primera partida… regresó de nuevo otra vez a esos parajes. Esperamos que esta vez sea con más suerte que la primera. Desde la última caravana que fue a  Sudan en el 1881, estamos ahora haciendo parte  a esta nueva, solamente dos personas: el padre Giuseppe Ohrwalder y yo”…
(Francesca Dalmasso, 3 de enero de 1900).

Junto al lecho del Padre moribundo, la noche del 10 de octubre de 1881,  estaba Francesca. Con todos los demás hermanos y hermanas de la comunidad de Jartum, presentes a la muerte de Daniel Comboni, también ella había pronunciado el juramento que la consagraba para siempre a la misión de la regeneración de la  Nigrizia.

Francesca Dalmasso era la más joven de las misioneras que el mismo Fundador había acompañado  hasta África central.

Con la espontaneidad y sencillez  propias de una hija menor, fue ella –según el testimonio de sor Ermenegilda Morelli – a prestarle “los últimos cuidados”, secando delicadamente “la última gota de sangre salida del corazón del gran Apóstol con el extremo respiro, y con piedad filial conservó la blanca vestidura manchada de sangre que tenía puesta”.

Luego, Francesca había tenido que dejar Jartum en mayo  del 1883, cuando la insurrección mahdista arreciaba y había peligro que también la capital de Sudan se viese implicada. Su secreto temor, entonces, había sido el de no poder, tal vez, volver a ver nunca más aquella tierra y aquel pueblo que el Padre le había enseñado a amar apasionadamente.

En efecto, la lejanía había sido muy larga, y la espera a veces pesada.  Pero cuando llegó la hora, Francesca está lista para ponerse en camino. Era el 22 de octubre de 1900. Con ella, el gobierno inglés había permitido que fuese solamente una compañera: Maria Bonetti. Ambas vestidas discretamente, de seglares, como si fuesen dos institutrices que iban a Sudan solamente para organizar en Omdurman – la ex capital del Mahdi – una escuelita femenina en beneficio de las familias cristianas que habían quedado allí, con la intención de reorganizar el comercio.

Más discretamente todavía, Francesca llevaba consigo “il coftan” que tenía “la fortuna di poseer, precisamente aquel con el que murió Monseñor” – le había explicado ella misma a Costanza Caldara, algunos años antes. Una reliquia preciosa, añadía en la carta, que se estaba revelando eficaz en muchos casos y que sin duda podría contribuir a difundir cada vez más la devoción al entonces Siervo de Dios Daniel Comboni.

De su parte, Costanza Caldara había captado el mensaje. Cuando fue superiora general y teniendo a  Francesca como asistente, la había convencido – antes de que se marchase de Verona por última vez – a dejar semejante reliquia en la Casa Madre. Era el año 1919. Después de haber sido vicaria general por nueve largos años, Francesca regresaba a su Sudan como superiora provincial. No necesitaba ya reforzar sus oraciones con la ayuda de la reliquia. La gracia más grande que ella esperaba, la de reemprender el camino misionero designado del mismo  Daniel e bruscamente interrumpido enseguida de su muerte, era ya una realidad. Desde el 1904, en efecto, los misioneros Combonianos habían llegado a Uganda, y abierto una primera nueva estación misionera en Kayango. Las Hermanas irían algunos años después, a partir del 1918, pero antes el P. Bonomi las había ya querido tener en Eritrea, en el 1914.

Francesca, personalmente, no pudo nunca alcanzar la meta indicada por el Padre, pero esto no le impidió gozar.  Educada en la escuela de Daniel Comboni, sabía que en el campo del Señor hay quien siembra y quien recoge. Lo importante es permanecer hasta el fin sin volver nunca la mirada atrás…