Hna. Maria Rosa Colpo

 “Sor  Sonrisa”

“Estaba muerta y parecía que todavía sonriese…
La hemos sepultado a la sombra de un árbol cerca de casa”…
(Teresa Grigolini).

Sor Maria Rosa Colpo tenía 33 años cuando, en el poblado de Malbes (Sudan), precedía al Padre solo por tres semanas   en el paso hacia la Vida.

“¡Hermana afortunada! – comentó Daniel Comboni cuando recibió el telegrama que le anunciaba, por tercera vez, la muerte de una de sus jóvenes misioneras –ha muerto como santa y heroína, alegre y contenta más que una novia el día de sus bodas”…

Verdaderamente, la nota característica que siempre había distinguido a Maria Rosa desde el día que había dejado su Marostica (VI) para entrar en el Noviciado en Verona, fue un marcado sentido del humor muy apreciado, entre otros, por el mismo Daniel Comboni.

Después de un año transcurrido en El Cairo en el instituto femenino para adaptarse al clima africano y aprender un poco de árabe, sor Maria Rosa había tenido la suerte de ser incluida en la caravana que, guiada por el Jefe, dejaría El Cairo por África Central.

Te anuncio oh queridísimo –le escribía a su hermano el 16 de diciembre de 1880 – que el día 29 del corriente, la obediencia me impone el partir para el Centro de África… Nuestra caravana está compuesta de 16 personas… y esta capitaneada por Su Excelencia Revma Mons. Daniel Comboni Fundador de esta Misión”…

Entonces se trataba de un viaje que había durado “solamente” 29 días… Un viaje en el que Maria – informa el diario de Elisabetta Venturini – había sido “la nota alegre” que durante la fatigosa travesía del desierto “levantaba el ánimo a las cansadas Hermanas y consolaba el corazón paternal de  Mons. Comboni, el cual le decía: Ven hijitas, que buena y alegre es María, imiten su ejemplo también ustedes”

Además de alegre, sor Maria Rosa era también generosa y alegre. En el diario de sor Elisabetta se lee también que la autora, durante la travesía del desierto, “cayó del camello y se hizo mucho daño en los pulmones por lo que emitía bocanadas de sangre. Parar la caravana era imposible. Sor María se quedó con ella para curarla con compresas frías y pronto cesó todo… La caridad y la valentía de sor María complacieron mucho a Monseñor y lo consolaron”. 

Destinada a Malbes, en el corazón del Cordofan, donde Daniel Comboni había dado vida a un poblado agrícola para parejas cristianas, sor Maria Rosa había ido en el verano del 1881, con sor Concetta Corsi, para abrir una comunidad femenina. Con las 23 familias que allí residían estaba ya como párroco, don Antonio Dobale, el primer sacerdote africano de Daniel Comboni, educado en el Instituto Mazza de Verona. Parecía que el gran sueño: “Regenerar África con África” se estuviese, por fin, realizando.

En cambio, nos recuerda el Evangelio, la semilla debe caer en el surco y morir para dar fruto (cf Jn 12,24). En Malbes ll primero a ceder, truncado por un mal misterioso, fue precisamente don Antonio. Mientras lo “bajaban a la fosa”, sor Teresa Grigolini es advertida que también sor Maria Rosa estaba mal. “Acudí enseguida… – le escribió a continuación a Daniel Comboni – Llegamos a Malbes a las nueve y media de la noche, sin luna y el camino lleno de agua y de  fango… Sor Maria pasó la noche muy mal… Yo estaba con el corazón en agonía… Ella se dio cuenta, y con toda calma pidió confesarse… Estaba siempre contenta, pero la veíamos caminar a grandes pasos hacia la muerte… Con su cara sonriente bendecía a Dios y le daba gracias  por el sumo don de haber podido prepararse a la muerte con pleno conocimiento. Le agradecía por las gracias que había recibido, hacía continuamente actos de amor ardiente a Dios, de dolor de sus pecados, de esperanza en las divinas promesas , magnificaba la inmensa bondad de Dios con una voz tan suave y dulce… que el  P. Giuseppe [Ohrwalder] sollozaba de la emoción… Finalmente entró en la agonía que fue plácida y breve… Estaba muerta y parecía que sonriese todavía”… (Grigolini a Comboni, 20 septiembre 1881).

A su vez, al día siguiente, don Giuseppe Ohrwalder esribió al Padre lontano: “Alabado sea Dios, Monseñor, que hay un alma más en el Paraíso… Murió sonriente como un Ángel y todavía después de la muerte quedó en su cara una sonrisa. Esa misma noche la envolvimos en una estera, pues no teníamos tablas para hacer una caja y el Domingo por la mañana la llevamos bajo una magnífica Mimosa, a veinte pasos de distancia de la casa, donde reposará su cuerpo a la sombra de ese árbol”…
 

Elisa Pezzi en el 1980 quiso dedicar a la  memoria de M. Rosa Colpo un opúsculo de 31 páginas – pensado especialmente para las jóvenes aspirantes a la
vida misionera – titulado: All’ombra del baobab (a la sombra del baobab).