Hna. Teresa Grigolini

Amar, hasta convertirse en  “anatema”…

Pablo, en una de sus cartas, dice que estaba dispuesto hasta a ser anatema, si fuera necesario, por la salvación de sus “hermanos” (Rom 9,3). Teresa no lo dijo nunca, pero a un cierto momento se encontró con el deber de hacerlo. Entonces aceptó el pasar por semejante humillación por amor a una hermana, para no dejarla sola en las manos del “enemigo” (1).

En aquel12 de abril del 1884 – “día de luto”, anotaría más tarde Costanza Caldara – cuando con su “ama” había llegado a la ribera del lago de Rahad, donde el Mahdi había acampado, fue enseguida alcanzada, como un golpe violento, por la voz que corría ya en todo el campamento: ¡una Hermana había ya apostatado!

En realidad, Concetta no había “apostatado” – no lo habría hecho nunca – pero la trampa había sido montada con una astucia casi diabólica, y había funcionado. Y ahora la hermana se encontraba, sola e incomunicada, en el recinto reservado al Mahdi. Teresa, como hermana y como “madre”, se sentía doblemente responsable: ¿Podía abandonarla?

¿Quién me separará del amor de Cristo?

Aunque si el precio había sido altísimo -pronunciar la formula de fe islámica, como salvoconducto- Teresa no se echó nunca para atrás. Solamente pidió a las demás hermanas, prisioneras como ella, que no la dejasen sola, que no se dispersaran, que permanecieran juntas, solidarias, hacer “causa común” hasta el fin, aún en el momento de la gran prueba. Pero aquel cáliz, que ninguna de las hermanas rehusó beber, pareció que al final estuviese reservado en modo particular a ella. 

Si, para Teresa, fu alivio y tormento al mismo tiempo, ver partir, al menos a dos, hacia la libertad -en aquel octubre del 1885 – su desesperación debe haber sido sin límites cuando también  Bettina y Caterina, después de la muerte de Concetta, pudieron marcharse en noviembre del 1891, mientras que ella tenía que permanecer en el exilio para siempre. Sola, porqué unida a una “cadena” que ya, solamente la muerte podría soltar…

Un sacrificio “inaudito”, que la hizo verdaderamente “madre”…

“De mi madre conservo el recuerdo más vivo, y no escondo que en mis dificultades la invoco como si estuviese a mi lado…
Era una santa en el verdadero sentido de la palabra y yo siento moverse en mi casa su espíritu”…

Así escribió su “Beppino” de ella, algunos años después de su muerte, sucedida hace 75 años, en octubre del 1931. Único sobreviviente de los hijos que Teresa tuvo en el cautiverio, después de su inevitable matrimonio con Dimitri Cocorempas, Giuseppe conservó de su madre un recuerdo entretejido de amor profundo y veneración. Era una santa, solía repetir a quien le pedía que hablase de ella…

Teresa, de su parte, nunca escondió que amaba profundamente, con todo su corazón a aquellos hijos nacidos de la carne. Pero innegablemente amó mucho más, hasta el fin, a los hijos del espíritu, el infeliz pueblo de la Nigrizia, encadenado y oprimido, del que ella había sido llamada a compartir toda la dureza de la esclavitud.

Solo la semilla caída en el surco, había dicho Jesús, puede ser fuente de nueva y auténtica vida. Indudablemente Teresa comprendió, en el momento en que las tinieblas parecían más espesas a su alrededor, y sobre todo, cuando parecía que no tenía sentido todo lo que le estaba sucediendo, que en cambio había sido amada a su vez con amor de predilección, y por esto “llamada” a vivir en profundidad, y en estrecha unión con Jesús, el misterio de la Cruz.

Misionera auténtica, testigo fiel, del Dios de Jesucristo: un Dios humillado, escarnecido, golpeado, negado y, al final, depuesto en un sepulcro para ser olvidado… En cambio, aquella era solamente ¡la noche que precedía al alba de la resurrección!


(1) Naturalmente, para poder comprender un poco la historia de Teresa Grigolini, es necesario tener presente al menos: “Todos sabían que había sido religiosa”, a cargo de Daniela Maccari en el 1988 y reeditado en 1996. Próximamente, debería ser publicado el Fascículo nº 12 de Archivio Madri Nigrizia, con todos los escritos de Teresa conseguidos hasta ahora.