Hna. Vittoria Paganini

Mirar con la mirada de Dios:
como enamorados

Vittoria Paganini, de Asiago, tenía 26 años cuando, de Inspectora de Escuelas, decidió pasar a ser “misionera comboniana”. Porque ella,  desde el día que llegó a África con el grupo de las primeras,  las cinco “magnificas”,  quiso ser llamada así.  Tal vez por que se consideraba verdaderamente “hija” del Apóstol de la Nigrizia, tan semejante a él, en ciertos aspectos, hasta el punto de sentirlo, aun después de su desaparición, vivo y presente.

Hacer presente el Reino de Dios

Como Daniel, también Vittoria poseía, por ejemplo, un don especial, el de saber “mirar” acontecimientos y personas desde un punto de vista particular, propio de la mirada de Dios. Como enamorados. Este don que permite ir más allá de las apariencias, descubrir la belleza de la persona amada, llegar hasta lo profundo de su corazón, descubrir toda posibilidad de bien escondida, para ponerla en evidencia, circundarla de atenciones, hacerla crecer y fructificar, como Jesús quería, hasta el ciento por uno. Con otras palabras: hacer presente el Reino de Dios. 

Tenía, en modo natural, una extraordinaria capacidad de hacer amistad, que Vittoria cultivaba con hermanos y hermanas; se creaba a su alrededor un clima de confianza, de paz y de serenidad que le hacía escribir don Battista, superior de El-Obeid:

“Aquí, Monseñor, está todo en regla… Se sufre, si se quiere, y no poco, por muchas circunstancias queridas y permitidas por el Señor…  Pero ¿qué son estos sufrimientos, que son las privaciones, cuando en familia se goza la paz y la tranquilidad?”…

“Yo escojo hacer causa común con cada uno de vosotros,
y el más feliz de mis días será aquel, en que pueda dar la vida por vosotros”.

Vittoria no estaba todavía en Jartum, el día en que el Padre había pronunciado aquella famosa homilía devolviendo la esperanza a todos, pero sobre todo a las víctimas del tristemente famoso tráfico humano. 

Pero sí estaba la noche en que murió. Junto con  las hermanas y hermanos, también ella había renovado el juramento de fidelidad a la misión: “hasta el ocaso de nuestra vida”, había subrayado escribiendo a un amigo, y sin duda, hasta la muerte si hubiera sido necesario.

Si parten los negros, partimos…

De otro modo, nos quedamos. El mensaje era claro, y firmado “Hanriot y Paganini”. El buen pastor no abandona las ovejas en el momento del peligro. Y en aquel otoño del 1883, mientras que la insurrección mahdista arrastraba a todo el Sudan, el peligro era inminente también para Jartum.