En las latitudes mediterráneas desde donde escribo, es tiempo de vientos y ventarrones. Tiempo apropiado para que emane el presente tiempo litúrgico, en latin adventum, palabra que venía usada a la entrada de un soberano cuando visitaba sus ciudades y estaba ante las gentes de su pueblo. Es lo que en griego se denomina como epifanía y parusía. De hecho, en este tiempo nos encontramos en un estado de espera ante la llegada de nuestro Señor. Vigilante espera.
Una visita y una presencia que fue inesperada en sus tiempos y que aún lo sigue siendo en nuestros días. Sobre todo, su manera de llegar. Por eso, me ha gustado llamar a estas pocas líneas aquí escritas con el título de ad-viento, o sea, al-viento. Viento, definido por el diccionario enciclopédico como “movimiento del aire que se desplaza de una zona de altas presiones a una zona de bajas presiones”. Vamos que, en palabras más llanas y hablando del adviento, se podría decir: movimiento del Espíritu divino que se desplaza de “los cielos” a la tierra. Hasta lo más bajo. Y Dios lo hace con la intención de encarnarse, entrar en nuestros meollos y darnos su ayuda y su salvación.
Es el Mesías, que sigue presente en las crisis humanas y sociales que vivimos para, dejando su piel, restablecer el orden original en el cual fuimos creados, según la idea creativa de nuestro Dios. Eso llegará, a su tiempo, con la parusía. Pero ya inició, a su tiempo, con la epifanía. Ahora que vivimos en un estado latente (que perdura y que se mantiene con fuerza) de espera activamente en el Señor. Ante su epifanía, así es la historia sagrada. Una espera constante del Mesías en los escritos del Antiguo Testamento y una proclamación constante de su venida en el Nuevo Testamento.
El adviento es la espera del tiempo oportuno, o mejor, la espera del viento oportuno para ponerse en marcha. Como le pasó a Elías (1R 17,1-2; 18,41-46), después de tiempo de conflictos, hambres y sequías, Elías se bebe los vientos por proclamar a Yahveh como el Dios verdadero. Se antepone a Ajaab y a sus seguidores que se habían puesto a adorar a los baales. Lo hace resoluto y rápido como el viento, arrostrando inconvenientes y dificultades. Tanto es así, que luego se desmorona oyendo amenazas contra su vida y va a esconderse en una cueva del Horeb, un momento en el que ve correr malos vientos.
Yahveh va a su encuentro y Elías sale de la cueva incesantemente para encontrarle, pero le cuesta su tiempo. Primero Yahveh pasa como un huracán violento que hendía rocas y montañas, pero ahí Elías no lo encuentra, Luego hubo un temblor de tierra, pero Yahveh no estaba. Después un fuego, pero ahí tampoco estaba. “Después una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva” (1R 19,13) Y ahí se encontró con Yahveh. Yahveh, una brisa nueva, que le dio de nuevo esperanza y valor para llevar adelante su misión, aunque corran malos vientos. El saber que Dios el que viene y quien está a nuestra vera, es lo que nos da fuerza y vigor para cumplir con nuestra misión. No desanimarse, aunque corran malos vientos, pues es el Mesías el que viene y el que siempre nos pone con el viento en popa.
Hna. Rosario Fernández, mc
Colaboradora del CCM


