Dios se realiza y se goza en su obra y sigue custodiándola, así hace también con la persona indígena habite en su tierra de proveniencia, o se haya sentido forzado a dejarla por diversos motivos o circunstancias ,o bien, porque haya elegido hacerlo por seguir a ese Dios que se muestra creativo. Asegurada con una promesa.
En las promesas divinas nos encontramos con Abrán, su mujer Saray y Hagar, la esclava de Saray que será también mujer de Abrán. Figuras que son indígenas de tierras distintas, con situaciones distintas, pero a las que la Biblia nos presenta como protagonistas de la historia del actuar divino, del Dios de la Promesa.
Abrán y Saray fueron indígenas de Jarán, en la actual frontera entre Turquía y Siria. Hagar era indígena de Egipto, donde un día fue tomada como esclava. El nombre Hagar significa peregrino, caminante, la que camina. Su caminar, incierto y forzado, le obligó a dejar su tierra. Un caminar al que Dios dio continuidad en su proyecto creador de Padre y proveedor de tierra (cf. Gen 16; Gen 21).
El camino de Hagar hace parte del plan de Dios trazado en la vida de Saray, la que sufría por no poder tener hijos, por no poder dar una descendencia a su pueblo, al pueblo de Abraham. Saray, o Sara, sigue sus derechos mesopotámicos que autoriza a una mujer a ofrecer su esclava a su marido para que le diese hijos.
Así Abrahán se unió a Hagar, quien quedó como la primera portadora de vida para Abrahán. Tuvieron a su primer hijo, Ismael: Yishmael: el que escucha, Dios escucha. Y Abrahán, feliz, ve realizada la promesa. Una promesa que los límites de nuestra naturaleza humana no rompen: el orgullo materno de Hagar desencadena la envidia de Sara, y Abrahán se siente obligado a expulsar al desierto a Hagar con su hijo.
De nuevo Hagar vive su ser caminante, pero esta vez en la desolación del desierto, con una visión de muerte por delante para ella y para su hijo, indígenas de nuevo obligados a dejar sus lugares llenos de agua, vegetación y vida. He aquí que Dios escucha los gritos de su llorar y se le aparece en la figura de ángel para abrirle los ojos y encontrarse con un pozo de agua.
Hagar llamó a Dios El Roi: el que ve, el que muestra, el que descubre la vida en lugares donde se creía que se había perdido. Y a lo mejor se da cuenta de que el desierto donde está, Berseba, es el desierto de las siete fuentes, un desierto donde se le aparece el Dios-Madre, el Dios que cuida. Y ahí se asentó y su descendencia se multiplicó.
Hagar, la caminante, continuó su camino.
Hna. Rosario Fernández, mc
“Se hace camino al andar, ligeros de equipaje,
luz del camino blanco y azul claro de la mañana.”
(A. Machado)

