Hoy tengo entre mis manos el libro de los miembros difuntos de la Familia Misionera Comboniana. Mientras paso cada página, recuerdo el sacrificio y la dedicación de casi 4000 misioneros que permanecieron fieles al servicio hasta su último día en los últimos 150 años. Al conmemorar sus vidas, resaltan dos detalles que ejemplifican el espíritu misionero comboniano: los lugares remotos donde sirvieron y las edades a las que murieron.
La mayoría exhaló su último aliento en África, el continente que fascinó a su fundador Daniel Comboni y donde él también encontró su fin. Sirvieron en los polvorientos pueblos y ardientes ciudades de Sudán del Sur, la República Democrática del Congo, Mozambique, Sudán, Egipto, Eritrea, Etiopía, Uganda, Chad, la República Centroafricana y numerosas otras naciones africanas. Algunos también sirvieron en México, Guatemala, Brasil y otros países sudamericanos. Su pasión de por vida para difundir la fe a los marginados de la humanidad ilumina cada página.
Algunos murieron en África a la edad de solo 20, 25 o 30 años cuando sus sueños misioneros recién comenzaban. Otros dieron 50, 60 o más años de sus vidas a la misión; pero ya sea que su servicio fuera largo o corto, perseveraron en condiciones difíciles y entregaron completamente sus vidas para responder al llamado de Dios. Sus nombres y lugares de muerte nos recuerdan que la vida misionera requiere sacrificio. Pero sus brillantes ejemplos de dedicación nos impulsan a seguir adelante porque nuestra misión continua.
Mientras concluyo mi reflexión sobre estos hermanos y hermanas difuntos que nos precedieron, recuerdo que la obra misionera que comenzaron está lejos de terminar. Como dijo el Papa Juan Pablo II, esta misión aún se encuentra en sus inicios y necesita nuevas generaciones dispuestas a dedicar sus vidas a difundir el Evangelio. Que la pasión de quienes nos precedieron encienda de nuevo nuestros corazones para continuar su obra. Estamos llamados a viajar sin miedo hacia los próximos 150 años, nutriendo el hambre de la humanidad por pan de justicia y sobre todo, el amor redentor de Dios.
Daniela Maccari, mc – Ecuador






