“Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle”
(Mt 2,1b-2).
¿Quién no se ha quedado alguna noche mirando al cielo lleno de estrellas, ya sea por un deseo, un amor aspirado o, ya de manera más concreta, por la dedicación a estudios de astronomía? En tiempos más o menos antiguos, presentados en muchos libros de la Biblia, encontramos el protagonismo de las estrellas. El Antiguo Testamento habla de ellas como seres creados para dar luz y para calcular el tiempo (cf. Gen 1,16; Sal 8,4; Jer 31,35); También la Biblia habla de ellas representándolas como personas que alaban a Dios, las cuales cantan durante los días de la creación: “¿Quién asentó su piedra angular, entre clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los hijos de Dios? (Job 38, 6-7)
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento las estrellas aparecen como parte de cultos astrales los cuales, estudiándolas, saben leer si las estrellas predicen desastres o maldiciones cuando se oscurecen, si su discurrir estelar viene alterado o si se las ve caer del cielo (Is 13,10; Mt 24,29; Lc 21,25; Mc 13,25; Ap 6,13).
Pero su esplendor siempre anuncia un acontecimiento divino y glorioso, pues los justos brillarán como las estrellas (Dn 12,3). San Pablo, basándose sobre el profeta Daniel, escribió a los Corintios sobre el tema clave de la resurrección del ser humano y, explicando que hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes, continua a decir que “uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas” (1Cor 15,40). Nuestra vida está llena de resplandores y ahí estamos invitados a quedarnos, a contemplarlos, a ver en ellos nuestras luces y sombras, pero sabiendo que es el resplandor de la estrella enviada por Dios la que nos saca de todo mal y de toda corrupción. De hecho, la estrella de Belén (Mt 2) es un caso único. Aquí la estrella supera todas las barreras tanto mágicas como astronómicas, pues es una estrella que se mueve sin dificultad y es guía seguro para los que buscan un Salvador. La historia que empezó para muchos, desde Magos, Reyes, pastores, ovejas, mulas y bueyes, continua como un midrash[1], narración poética que exprime una realidad profunda en nuestras vidas: el Dios que se nos revela dando luz a nuestro presente.
[1]John L. McKenzie, Dizionario Biblico, Roma 1973.
Hna. Rosario Fernádez, mc
Misionera en Italia & Collaboratrice-CCM

