Sabemos que la palabra Biblia significa libro, un conjunto de libros que nos abre las puertas de una biblioteca divina donde estamos llamados a entrar, explorar y, a recorrer los diversos libros que la compone a lo largo de la historia de salvación, siendo acompañados y guiados por el Espíritu Creador. Entremos en el relato de la creación: Génesis 1, 1 – 2, 4

El primer verso nos da el título de lo que se relata a continuación: ‘bara’, es decir, ‘creó’, Dios creó el cielo y la tierra. Este es el título de la historia, en la que escuchamos el principio y el final de la historia de la creación. A partir de ahí, continúan los detalles del origen divino de la creación, con la repetición de la Palabra creadora de Dios: “Y dijo Dios”. La Palabra de Dios está en el origen de todo lo que existe y preserva la existencia de la creación en su realidad, tal como fue concebida por Dios. El número simbólico de los siete días (el infinito divino) nos indica que la creación es un camino continuo de “transformación, inversión, metamorfosis y transfiguración”, como lo definió Teilhard de Chardin.
Si leemos el relato bíblico de la creación con un pensamiento bíblico-cristiano, lo hacemos como si estuviéramos leyendo un “gran discurso” de Dios a la humanidad. Dios habla a una humanidad que experimenta constantemente el caos y la confusión. Pero Dios siempre hacia alocución que es el creador de la armonía y de la vida. Por lo tanto, en el primer relato del Génesis nos encontramos siguiendo un patrón de enumeración (del uno al siete), y al mismo tiempo la imagen de cómo un alfarero elabora su trabajo, primero dividiendo la arcilla y luego terminando con la ornamentación, como diría Santo Tomás de Aquino:
Los primeros días los trabajos de división:
El primer día: Luz y oscuridad
La segunda: aguas superiores e inferiores
La tercera: Tierra, mar y vegetación

Los días siguientes la ornamentación:
El cuarto día: Sol, luna y estrellas
La quinta: Aves y peces
La sexta: Los animales de la tierra y el hombre.
Tras este relato de la creación se nos presenta a un Dios artista en acción, inspirado en mostrar su rostro a través de lo que crea. Como el arte de contar historias, sigue los parámetros conocidos en la antigua mitología semítica. Un Dios que primero da luz a nuestras mentes y ojos, para que luego podamos ver la división entre la luz y la oscuridad. Esta división habla de la luz cósmica, elemento primordial de la divinidad, que nos muestra que la primera obra creadora consiste en poner fin a las tinieblas, al caos y al mal. Dios introduce en la creación la luz de su gloria. Nosotros, las criaturas, somos, en última instancia, trabajadas a imagen y semejanza de Dios. En nuestro presente, Dios sigue actuando en su acción creadora, confiándonos a nosotros, los seres humanos, la tarea de meter las manos en el barro de nuestra vida cotidiana, porque Dios está en nosotros, cada partícula de nuestra realidad redescubre el milagro de la unión creativa de Dios en nosotros, pues aunque vivamos en el ciclo de la naturaleza, en el que la vida tiene un principio y un final, nos unimos al Creador cuando miramos lo que se ha hecho en el momento presente y nos viene a escribir en el corazón: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”.
Hna. Rosario Fernández, mc
Misionera en Italia
