En la Primera semana de adviento, Isaías nos hace una invitación.
“Vengan, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob,
para que él nos instruya en sus caminos
y podamos marchar por sus sendas”.
Es un movimiento hacia vida para entrar en el espacio sagrado de Dios.
La segunda semana, el profeta nos presenta imágenes de vida, transformación, esperanza y harmonía. Cierra tus ojos y visualiza un tronco viejo con un renuevo nuevo que florece. Seguramente que la imagen del verde retoño saliendo de un tronco viejo te hizo sonreír con esperanza. El profeta Isaías ofrece además un despliegue de nuevas relaciones y posibilidades desde la diversidad: la imagen del cordero habitando con el lobo, la pantera con el cabrito, y el novillo con el león. Adviento se nos re-propone como un espacio para crear nuevas y buenas relaciones con sujetos emergentes, aparentemente antagónicos. Dios nos invita a vivirnos en relaciones nuevas y proféticas que recrean, sanan y resignifican; a favorecer una cultura relacional que nos humanice y haga vida el sueño de Dios, sabiéndonos compartiendo su vida con toda su creación.
La tercera semana, Domingo de Laetare, nos trae nuevos imperativos. Es la invitación a una alegría agradecida. “Alégrate, yermo sediento… No teman”. Este adviento tiene un toque apocalíptico pues está diseñado para descubrir verdades y llenarnos de sabiduría y revelaciones nuevas. Vivamos este tiempo sagrado en la búsqueda constante de una sabiduría espiritual más profunda y divina.
Que provocante es esta invitación a renacer, a recrearnos, a volver a la vida conscientes de la novedad de Dios y abrirnos a posibilidades nuevas. Abrir caminos y senderos de vida en despoblados en lugares que consideramos inusitados e inhóspitos, “que se alegre el desierto y se cubra de flores el páramo”.
Asimismo, la cuarta semana es una propuesta a aferrarnos a la promesa Dios. “La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”. Sabernos pueblo de Dios en camino de transformación, nos impulsa a abrir puertas y arriesgarse a decir “SI” a Dios, en una renovada virginidad. Que sumergidas en las angustias y dolor de nuestros pueblos tengamos la terquedad de esperar y mirar hacia la luz para que todas las realidades de nuestra vida, nuestra historia y nuestro mundo puedan ver la luz.
Para activar procesos que aceleren la espera de lo que anhelamos es preciso, detenerse, mirar, escuchar y abrir la marcha por caminos nuevos. Solo así podremos ser presencia compasiva de Dios para toda su creación que apueste al cuidado de la vida. Acogiendo los desafíos comunes que compartimos en el presente, pidamos que el Dios-con-nosotros nos agracie para gestar un futuro común, que aporte a restaurar las condiciones para una existencia digna y sostenible para todos y todas, empezando por los más vulnerables
