Decir epifanía y decir misión es lo mismo. La epifanía fue en sus tiempos (los primeros siglos del cristianismo) el anuncio cristiano dado a los gentiles (a los que no eran judíos). Un anuncio dirigido a todos los rincones del mundo. Hoy seguimos viviendo la misión anunciando a los que aún no conocen al Mesías que ya vino. Este saber nos invita a comunicarlo y a decirlo ya sea a personas que estén lejos de nosotros o a personas que tenemos al lado de casa. El testimonio y la misión lo llevamos en la sangre, si de verdad somos cristianos.
Estas líneas hablan más bien no tanto de cómo damos el anuncio, sino de cómo lo recibimos. Para ello se nos presentan tres grandes figuras: los Reyes Magos, su búsqueda, y en cómo fue a parar su encuentro.
Los Reyes Magos no eran ni reyes ni magos según lo que hoy viene considerado un rey o un mago, un mago de los de hoy o uno de esos de cuentos y leyendas. En la Biblia se los denomina así a los sabios astrólogos, personas llenas de ciencia y sabiduría, que no se cansaban de buscar y de saber. En los tiempos del nacimiento de Jesús, los más renombrados y sabios eran los de las zonas de Persia y Babilonia, en Oriente, el actual Irán, Irak y Arabia. Babilonia era la patria de la astrología, en los tiempos del Nuevo Testamento. El evangelio de Mateo usa la historia de los magos sobretodo con función teológica y misionera, para narrar y proclamar que el moverse con sus camellos incesantemente de un lado para otro observando el cielo, es una búsqueda que viene iluminada por una estrella, la cual les conducirá hasta la verdad: hasta el Mesías, el Cristo. Así fue profetizado en el Antiguo Testamento por un pagano que fue iluminado por Dios y por ello proclamó un oráculo divino:
Así se anunció en tiempos remotos la llegada del Mesías, y así los Magos lo encontraron, siguiendo la estrella. En el portal lo conocieron y lo reconocieron, se postraran ante él, presentando y representando a todas las naciones (cf. Sal 72, 11ss). Su adoración en el pesebre dio cumplimiento a todos los oráculos mesiánicos: le ofrecieron oro, incienso y mirra. El profeta Isaías lo canta:
Estos días vemos cómo la liturgia navideña aplica este texto al misterio de la epifanía, a los dones orientales que vienen presentados a Cristo desde una perspectiva universalista. El oro: signo sacerdotal, elemento que cubría el altar del templo. Incienso: resina aromática usada como perfume en la vida social y con uso farmacopeo al igual que la mirra. Así los magos adoraron al niño con el oro, lo hermosearon y perfumaron con el incienso y la mirra. Podemos decir que los Magos fueron los primeros a ser misioneros, proclamando ante Herodes y las gentes en el pesebre que el Nacido era el Mesías, el Rey y el Sacerdote de todos los pueblos, el que dará su vida en sacrificio para que la luz de su resurrección ilumine a todos. ¡Felices Pascuas!
