Si comparamos nuestra vida a la imagen de un vaso, podemos sentir que ya contiene dentro una buena cantidad de agua, aunque se siente el deseo y la necesidad de llenarlo todavía más, pero llegaría hasta al tope y no se sabría donde meter todo lo que falta y se desea. O, por otro lado, a veces viene llenado sin parar desde el exterior por aguas sucias y turbulentas provocadoras de nauseas y dolores. Experiencias de sufrimientos, dolores, injusticias. No somos un pozo sin fondo. Tenemos nuestros límites y somos limitados. Límites interiores personales, límites de la realidad en la que vivimos y límites que nos vienen impuestos a la fuerza.
Vivencia de cada persona en su tiempo, ya sea de nuestro ahora, como del ahora que vivieron nuestras primeras hermanas Combonianas, viviendo en esclavitud junto con tantos esclavos. Tal vez el hoy-presente sea siempre una llamada a vivir y a revivir hechos dolorosos pasados desde su lado positivo. La espiritualidad de la Cruz que conlleva y lleva su sentido en la Resurrección. La realidad vivida, por muy aguada que haya sido, puede retomarse en un acto de purificación y lavado. Un acto de ayuda y salvación para otros que viven esclavos de potencias interesadas, al igual que los años de esclavitud de nuestras primeras hermanas Combonianas, para un reorientarse después de pasar aguas turbulentas. Como Jonás, sus tres días y tres noches en el vientre del pez:
‘Desde mi angustia clamé a Yahveh y él me respondió; desde el seno del šeol grité, y tú oíste mi voz.
Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar, una corriente me cercaba: todas tus olas y tus crestas pasaban sobre mí […] Me envolvían las aguas hasta el alma, me cercaba el abismo, un alga se enredaba en mi cabeza […] mas de la fosa tú sacaste mi vida, Yaveh, Dios mío’
Y Yahveh dio orden al pez, que vomitó a Jonás en tierra. (Jon 2, 3-11)
El vomitar como purificación propia y del otro, experiencia che deja sin fuerzas pero que resana para llevar adelante una misión:
“Para salvar a los africanos de la esclavitud, decidí con mis valientes compañeros enfrentarme al hambre, la sed, el calor y los peligros de la vida”
( Comboni, a los Padres del Concilio, 1870)
La familia comboniana lo hizo desde sus orígenes hasta hoy, cada miembro en su diversidad de persona, de lugar, de situación. Esclavitudes de un pasado, la de mujeres sometidas a ciertos fines complejos y dolorosos los cuales siguen siendo esclavitudes de un presente. La realidad sigue vomitando situaciones complejas a las que los miembros de la familia comboniana, en modo especial las Hermanas Combonianas, comprometen sus vidas. Entran con otras mujeres en ese pez que engulle, y se arriesgan a salir para generar los valores del don recibido: la autonomía, el respeto, la justicia, la paz, el rechazo ante cualquier discriminación, la gratitud, la disponibilidad, la reciprocidad. Todas ellas condiciones esenciales para generar relaciones transparentes, pacíficas, justas e íntegras .
Y así se continúa en el hoy la misión: a proclamar la revelación de Dios, que en su tiempo como hombre entró también en un vientre, el de María, y con ello en el vientre de la humanidad, viviendo sus grandes peligros hasta la muerte, y viviendo la liberación a una resurrección, dada a todos para siempre. ¡Sigamos proclamándola!
Rosario Fernandez, smc
Misionera en Italia






