“Ante esta nueva situación, mi pregunta no fue: ¿Por qué a mí? Sino mi pensamiento fue: si a otras personas sucede, ¿por qué a mí no?” Con estas palabras, la Hna. Esperanza Rosillo Jiménez, misionera comboniana de 77 años, comienza a compartir su extraordinario viaje de fe y resiliencia.
En marzo de 2004, a sus 57 años,Esperanza se enfrentó a un diagnóstico que cambiaría el rumbo de su vida: un carcinoma metastásico. Dos cirugías y frecuentes sesiones de quimio y radioterapia marcaron el inicio de una travesía que pondría a prueba su fe y su vocación misionera.
Pero la historia de Esperanza no termina ahí. Cuando parecía que la tormenta había pasado y se preparaba para volver a África, nuevos desafíos tocaron a su puerta. “Empecé a tener problemas para caminar”, recuerda. Y entonces, durante unas vacaciones con sus hermanas, la oscuridad se apoderó de su visión.
“Me quedé ciega completamente del ojo derecho. Fue una experiencia única, difícil de describir”, relata Esperanza. Con una voz que transmite asombro y gratitud, comparte cómo fue recuperando la vista gradualmente: “Fue algo increíble y maravilloso a la vez, ir recobrando la vista poco a poco. Me hacía recordar el ciego del evangelio: ‘Veo a los hombres, pero los veo como árboles que caminan'”.
El camino de Esperanza tomó un giro dramático el 5 de noviembre de 2008, cuando quedó parapléjica debido a una condición llamada neuromielitis óptica. “Hoy, después de 16 años en una silla de ruedas, dependiente en casi todo, no puedo ni siquiera darme la vuelta en la cama”, confiesa.
Sin embargo, lo que sorprende y conmueve es la serenidad con la que Esperanza habla de su situación: “Lo que ha caracterizado este tiempo desde el cáncer hasta hoy es la gran paz, serenidad y alegría que el Señor me ha concedido. Una vez más he podido constatar que el Señor se hace presente en nuestra debilidad”.
Esperanza, quien se describe a sí misma como una persona muy activa, ha encontrado formas de continuar su misión a pesar de las limitaciones físicas. Hasta la llegada del COVID-19, participó en catequesis para adultos, animación misionera y programación en distintas parroquias.
Con una claridad que nace de la reflexión profunda, Esperanza comparte una perspectiva única sobre el sufrimiento: “Algo muy importante para mí, y que deseo aclarar, es que la enfermedad no es la Cruz de la cual habla Jesús. La Cruz de la cual habla Jesús es la que se sufre a causa del Evangelio: persecuciones, hostilidades, etc.”
Su testimonio desafía algunas interpretaciones tradicionales sobre el sufrimiento y la enfermedad en la fe católica. “Tampoco es para hacer méritos, ganarnos el paraíso”, afirma. “En ningún encuentro de Jesús con una persona enferma, le dice ‘esta es tu cruz’ o ‘así te ganas el paraíso’. A los enfermos los cura, ante una madre que ha perdido su hijo, siente compasión y lo resucita”.
Esperanza nos invita a reflexionar sobre el amor incondicional de Dios: “Él que nos ama incondicionalmente, hasta el punto de dar su vida, ¿cómo podemos imaginar que él nos manda una enfermedad, un sufrimiento para ganarnos el cielo, que él nos ha regalado?”
Aunque admite que el último año el cansancio se ha hecho sentir más, el testimonio de Esperanza Rosillo es un faro de luz que ilumina el verdadero significado de la fe vivida en la adversidad. Su historia nos recuerda que, incluso en las circunstancias más difíciles, podemos encontrar la gracia de Dios y la fuerza para seguir adelante.
En las palabras de Esperanza, resuena un mensaje de esperanza para todos: “Todo es gracia”.






