Cuando la leucemia llegó a la vida de Milagros Zabalza, misionera comboniana, no solo trajo consigo un desafío médico, sino que marcó el inicio de un profundo viaje interior. “Necesité unos días de silencio para entender lo que suponía perder quizás uno de los valores más preciados que tenía, la salud”, comparte Milagros, revelando el impacto inicial de su diagnóstico.
La enfermedad sacudió los cimientos de la identidad de Milagros. Acostumbrada a una vida de servicio, principalmente en África, se vio obligada a reconsiderar su papel y su valor más allá de sus capacidades y logros tangibles. “Descubrí que no todo vale en la vida: Capacidades, esfuerzos, salud, perfección, resultados esperados, y que yo era una persona valiosa, pero no imprescindible”, reflexiona, mostrando cómo este proceso la llevó a una comprensión más profunda de su valor intrínseco como ser humano.
La percepción del tiempo y el espacio de Milagros cambió drásticamente. “Ya no camino por las calles a paso de ‘legionario’, ahora mi paso es más tranquilo, sosegado, mirando más al suelo que al cielo”, describe, ilustrando cómo su nuevo ritmo le permitió apreciar detalles previamente desapercibidos en la vida cotidiana.
La enfermedad redefinió el concepto de misión para Milagros. Incapaz de regresar a África, descubrió nuevas formas de servicio dentro de su comunidad. “El no volver a África fue para mí, dar un sentido nuevo a la realidad de misión que hay en mi comunidad”, explica, subrayando que la misión no está ligada a un lugar geográfico, sino que puede manifestarse dondequiera que haya necesidad de compasión y cuidado.
El papel de la comunidad fue central en el camino de Milagros. “Las hermanas de comunidad han tenido y tienen un puesto insustituible para sentirnos acogidas, escuchadas y tener cura las unas de las otras”, afirma, destacando la importancia del apoyo emocional y práctico en el proceso de curación.
La transformación de Milagros se extendió a su práctica espiritual. “He ganado en el aprecio del tiempo, en tener y pasar largos ratos con el Señor, centro y razón de mi vida”, comparte, mostrando cómo la enfermedad le ofreció la oportunidad de profundizar su relación con lo divino.
El relato de Milagros nos invita a reflexionar sobre cómo enfrentamos los desafíos imprevistos en nuestras vidas. Su capacidad para encontrar significado y crecimiento en medio del sufrimiento ofrece una poderosa lección de resiliencia y adaptabilidad. “Cada mañana, al despertar, hay una nueva oportunidad para vivir lo nuevo y lo rutinario, teniendo las 24 horas como un verdadero regalo de la vida”, nos recuerda.
En conclusión, la experiencia de Milagros Zabalza con la leucemia trasciende la simple narración de una batalla contra la enfermedad. Es un testimonio de la capacidad del espíritu humano para evolucionar y florecer frente a la adversidad. Su historia nos desafía a reconsiderar nuestros valores, prioridades y nuestra relación con el tiempo, la comunidad y la espiritualidad. En un mundo a menudo obsesionado con la productividad y el éxito exterior, el viaje de Milagros nos recuerda la importancia de cultivar una rica vida interior y de encontrar significado en las pequeñas alegrías cotidianas.






